En la escalada también opera el poder suave de lo normal. Tiene otro disfraz, más deportivo, más técnico, más noble: se llama “buena técnica”. Pero detrás de esa expresión aparentemente inocente se esconde un ideal construido, una forma sutil de establecer qué cuerpos valen, qué estilos son válidos y qué movimientos merecen ser corregidos.

Aprendemos desde temprano que hay una manera correcta de hacer las cosas. Que hay que pisar con precisión, empujar con los pies, usar el centro de gravedad, girar la cadera, no usar de más los brazos, mantener la fluidez. Todo eso es cierto, útil y eficaz. Pero cuando esa técnica se convierte en norma universal, en el canon de lo que está bien, entonces empieza a excluir en lugar de habilitar.

Lo normal en la escalada se parece mucho a un algoritmo encubierto: si hacés A + B + C, entonces escalarás mejor. Si no progresás, es porque algo estás haciendo mal. La culpa es tuya, no del método. La corrección se vuelve infinita, y el entrenador el guardián de la forma correcta. El escalador, entonces, no solo se esfuerza por subir, sino que también se esfuerza por moverse como se espera.

Pero la historia de la escalada está llena de desviaciones gloriosas. De movimientos antiestéticos que resuelven pasos imposibles. De gestos que los manuales no enseñan. De cuerpos que inventan soluciones que los cuerpos “técnicamente correctos” no logran reproducir. ¿Y si la técnica fuera algo más que un estándar a seguir? ¿Y si fuera la capacidad de generar nuevas normas según el entorno?

Foucault hablaba de la normalización como una forma de poder. No te obligan a hacer algo por la fuerza, te convencen de que deberías hacerlo para ser mejor. Te lo muestran como ideal. Como objetivo. Y vos lo comprás, lo perseguís, lo internalizás. En el muro, eso se traduce en la búsqueda constante de eficiencia, de economía de movimiento, de estética del gesto. Todo eso está bien. Salvo cuando se convierte en tiranía.

Porque entonces, lo anormal empieza a corregirse, a juzgarse, o peor: a avergonzarse. Y ahí aparece el estigma. El que se mueve “feo” no solo es menos eficiente: es menos legítimo. Como si la escalada fuera un desfile de movimientos puros, y no una lucha creativa entre cuerpo, roca e imaginación.

¿Y qué pasa con los cuerpos que ya no pueden imitar esa técnica ideal? El que tiene lesiones, el que envejece, el que nunca tuvo las palancas corporales “correctas”. ¿No son cuerpos escaladores? ¿O tienen que forzarse a encajar en el molde de lo que supuestamente es escalar bien?

El problema no es que exista una técnica, el problema es que se la presente como la técnica. Como si hubiera una sola forma de resolver el movimiento. Como si la variabilidad fuera error. Como si lo diferente fuera incorrecto.

Pero si algo enseña la roca, las rutas o los bloques, es que lo normal no existe. Hay pasos que se hacen con impulso o con equilibrio. Hay regletas que se toman de abajo o de costado. Hay bloques que se abren por fuerza, por intuición o por rabia. Y cada cuerpo encuentra un modo posible, aunque no sea el esperado.

Tal vez haya que dejar de buscar lo “correcto” y empezar a reconocer lo efectivo. Lo creativo. Lo singular. Porque en el fondo, escalar bien no debería ser moverse como otros dicen, sino moverse como tu cuerpo necesita en ese momento, en ese paso, en ese muro.

La técnica perfecta, entonces, podría no ser una forma fija. Podría ser una forma viva. Que se adapta, que se transforma, que a veces desafía lo que enseñamos. Y eso no sería una falla. Sería escalar.