Del entrenamiento como secuencia prevista al entrenamiento como proceso de decisión

En 1936, Hans Selye publicó en Nature un breve trabajo que terminaría influyendo mucho más allá de la fisiología. Experimentando con animales, había observado que diferentes agresiones producían una respuesta orgánica relativamente común y propuso lo que posteriormente desarrollaría como Síndrome General de Adaptación. El organismo atravesaba una fase de alarma, respondía intentando adaptarse al estímulo y, cuando la exposición era excesiva o demasiado prolongada, podía terminar en agotamiento. Aquella idea contribuyó de manera decisiva a construir el concepto moderno de estrés y, con el tiempo, encontró un terreno especialmente fértil en las ciencias del entrenamiento. Entrenar podía interpretarse como aplicar deliberadamente una perturbación, permitir una recuperación y esperar posteriormente una adaptación que aumentara la capacidad del deportista.

La potencia de aquella explicación residía también en su simplicidad. Si un estímulo suficientemente intenso alteraba la homeostasis y la recuperación permitía reconstruir el equilibrio en un nivel superior, parecía razonable organizar los estímulos para producir una sucesión ordenada de adaptaciones. Buena parte de la teoría clásica del entrenamiento se desarrolló dentro de esa lógica. Las cargas comenzaron a distribuirse en ciclos y la temporada deportiva pudo representarse como una arquitectura temporal en la que cada período adquiría una función específica. La periodización permitió ordenar el entrenamiento y proporcionó un lenguaje común para entrenadores y científicos. Su valor histórico es indiscutible, pero parte de sus fundamentos se consolidaron cuando la concepción científica del estrés, de la adaptación y del propio organismo era considerablemente más sencilla que la actual (Selye, 1950; Kiely, 2018).

John Kiely ha señalado esta contradicción. Mientras la ciencia del estrés abandonó progresivamente las interpretaciones lineales y comenzó a describir la adaptación como un proceso dependiente del contexto y de la historia previa, la teoría de la periodización continuó utilizando muchos de los supuestos derivados de aquellas primeras formulaciones. Esto no invalida la necesidad de organizar el entrenamiento, pero sí obliga a revisar la idea de que una secuencia de cargas diseñada con anticipación pueda anticipar con suficiente precisión la secuencia de adaptaciones que experimentará un individuo (Kiely, 2012, 2018).

Cada sesión actúa sobre un organismo que ya llega modificado por todo lo que ocurrió antes. El estado fisiológico y perceptivo del deportista cambia de un día a otro, y con él cambia también la forma en que una misma carga es tolerada y procesada. Por eso describir el entrenamiento exclusivamente desde sus variables externas nunca alcanza para comprender por completo su efecto. La duración de una sesión, la cantidad de movimientos realizados o la intensidad prescrita permiten caracterizar el trabajo, pero no determinan de manera automática la magnitud de la respuesta.

Esta diferencia entre estímulo y respuesta es central para cualquier concepción contemporánea de la planificación. Foster y colaboradores mostraron hace décadas la utilidad de cuantificar la carga interna mediante herramientas simples como la percepción subjetiva del esfuerzo de la sesión, precisamente porque una misma carga externa puede representar exigencias internas diferentes según el deportista y el momento en el que se realiza (Foster et al., 2001). Más recientemente, la investigación sobre monitoreo ha reforzado la necesidad de interpretar la carga junto con la respuesta individual, evitando convertir cualquier indicador aislado en una explicación completa del estado del atleta (Halson, 2014). El entrenamiento deja entonces de ser solamente una cantidad de trabajo prescrita y pasa a entenderse como una intervención cuyo significado depende de lo que produce.

En escalada esta dificultad se vuelve especialmente evidente porque pequeñas modificaciones en la tarea pueden transformar la demanda sin que la estructura general de la sesión parezca haber cambiado demasiado. Variar algunos grados la inclinación del muro, reducir el tamaño de una presa o modificar ligeramente la distancia entre apoyos puede alterar de forma sustancial la exigencia de fuerza, la fatiga local y las soluciones coordinativas disponibles. A eso se suma que el rendimiento no emerge de una sola capacidad. La fuerza de los dedos, la potencia, la resistencia local y la técnica interactúan permanentemente, y esas interacciones no evolucionan necesariamente al mismo ritmo.

El modelo Fitness-Fatigue desarrollado inicialmente por Banister representó uno de los primeros intentos importantes de formalizar esta relación. Cada carga de entrenamiento produciría simultáneamente un efecto positivo asociado al fitness y otro negativo vinculado con la fatiga. Como ambos procesos presentarían magnitudes y velocidades de desaparición diferentes, el rendimiento observable sería el resultado temporal de su interacción (Banister et al., 1975; Banister, 1991). Esta formulación permitió comprender por qué un deportista podía rendir peor durante un período de entrenamiento intenso y mejorar luego de reducir la carga, algo que encontró una expresión práctica muy sólida en los trabajos sobre tapering de Mujika y Padilla (2003). Sin embargo, cuando se intenta representar toda la adaptación mediante una única variable de fitness y otra de fatiga aparece una simplificación difícil de sostener. Busso (2003) mostró que la relación dosis-respuesta del entrenamiento puede variar con el tiempo, mientras que la investigación contemporánea reconoce que la fatiga integra procesos distintos que no evolucionan todos de la misma manera (Enoka & Duchateau, 2016).

La dificultad aumenta porque esas respuestas no funcionan como componentes independientes que puedan calcularse por separado y luego sumarse. Desde los sistemas complejos, la adaptación emerge de la interacción entre múltiples procesos y esas relaciones cambian a medida que el propio organismo se modifica. Balagué y colaboradores han propuesto interpretar la adaptación al ejercicio precisamente desde esta perspectiva psicobiológica, en la que los cambios fisiológicos, conductuales y contextuales forman parte de un mismo proceso dinámico (Balagué et al., 2020). Dentro de este marco, una intervención que funciona bien durante un período puede dejar de hacerlo más adelante, no necesariamente porque haya sido incorrecta, sino porque el sistema sobre el que actúa ya no es el mismo.

Esta concepción no vuelve inútil a la periodización, sino que la obliga a ser menos determinista. Organizar el entrenamiento continúa siendo necesario porque permite establecer prioridades y distribuir la carga de manera coherente, pero cambia el significado que se le atribuye a esa organización. Un mesociclo de fuerza máxima de dedos no garantiza una determinada magnitud de aumento de fuerza después de cuatro semanas. Representa una hipótesis razonable según la cual una determinada combinación de estímulo y recuperación puede favorecer esa adaptación en ese escalador. La planificación proporciona una dirección y una expectativa, mientras que la respuesta observada determina si esa dirección merece sostenerse.

Desde esta lógica puede entenderse la idea de periodización adaptativa. No se trata de reemplazar las estructuras existentes ni de inventar una nueva nomenclatura, sino de cambiar la relación entre el plan y la realidad. Las sesiones, los microciclos y los mesociclos siguen siendo herramientas útiles para organizar el tiempo, pero dejan de interpretarse como una secuencia que debería ejecutarse exactamente según lo previsto. La planificación inicial establece una trayectoria probable y esa trayectoria se revisa a medida que el entrenamiento modifica al deportista.

La evaluación también cambia de función cuando se adopta esta perspectiva. Habitualmente se evalúa al comienzo de un programa para detectar deficiencias y se vuelve a medir al final para determinar si hubo mejoras. Entre ambos momentos, el entrenamiento suele ejecutarse como si el diagnóstico inicial continuara siendo válido durante todo el período. Sin embargo, la propia intervención modifica aquello que fue evaluado y puede revelar información que no estaba disponible al comienzo. Una limitación que parecía fisiológica puede mostrar durante el proceso un componente técnico importante, o una capacidad inicialmente considerada prioritaria puede mejorar mucho más rápido de lo esperado y dejar de justificar la misma cantidad de trabajo. El diagnóstico de esta forma, deja entonces de ser una fotografía fija y pasa a formar parte del proceso.

Por ese motivo, el valor de cualquier indicador depende de que pueda modificar una decisión. En un período orientado a la fuerza de dedos será relevante observar si el escalador mantiene la intensidad prevista y cómo tolera ese trabajo a lo largo de las sesiones. En un período de resistencia interesará más saber cómo cambia la capacidad para sostener el esfuerzo y cuánto se deteriora la ejecución cuando aparece la fatiga. No existe una batería universal de medidas que deba acompañar toda planificación. Medir más no necesariamente significa comprender mejor, y acumular datos que no cambian ninguna decisión puede terminar agregando ruido al proceso.

La progresión también necesita ser reinterpretada. Durante mucho tiempo fue asociada casi automáticamente con aumentar la carga, pero la adaptación puede expresarse sin que la carga externa crezca. Un escalador puede realizar la misma tarea con menor esfuerzo percibido, recuperar con mayor rapidez o conservar mejor la calidad técnica, y en todos esos casos la relación entre el estímulo y el organismo habrá cambiado.

Esto tiene consecuencias prácticas importantes porque el entrenamiento no recompensa la acumulación indiscriminada. Las adaptaciones requieren un estímulo suficiente, pero la magnitud óptima no equivale necesariamente a la máxima magnitud tolerable. La literatura sobre tapering constituye uno de los ejemplos más claros. Reducir estratégicamente el volumen antes de una competencia puede mejorar el rendimiento al disminuir la fatiga acumulada mientras se conservan gran parte de las adaptaciones desarrolladas previamente (Mujika & Padilla, 2003).

En escalada, donde durante años se construyeron planificaciones a partir de bloques claramente diferenciados de fuerza, resistencia y potencia, esta perspectiva permite entender esos períodos como prioridades relativas. Priorizar la fuerza no implica que desaparezcan el movimiento ni las demandas energéticas de la escalada. Significa que durante un período se destinan más recursos a una capacidad porque se considera que allí existe una oportunidad relevante de adaptación. El resto del sistema continúa siendo estimulado en otras magnitudes, y la relación entre esas capacidades sigue cambiando. Cuando la respuesta obtenida reduce la importancia de aquella limitación, la prioridad puede desplazarse.

La planificación de largo plazo adquiere otro caracter. Por ejemplo, un programa de doce semanas puede comenzar con una estructura prevista y con objetivos generales para cada etapa, pero cuanto más lejano sea el horizonte temporal, menor debería ser el nivel de detalle prescriptivo. Las primeras sesiones pueden definirse con precisión porque existe información actual sobre el deportista, mientras que las semanas más alejadas representan intenciones condicionadas por todo lo que ocurra antes. El horizonte distante orienta la dirección del entrenamiento; el horizonte cercano permite decidir la intervención concreta.

Dentro de este marco, la experiencia del entrenador se relaciona con la capacidad de interpretar lo que está ocurriendo. Reconocer cuándo una variación forma parte de la respuesta normal al entrenamiento y cuándo señala la necesidad de modificar la carga requiere conocimiento, observación y contexto. La experiencia no reemplaza la evidencia científica ni convierte la intuición en certeza, pero permite integrar información que difícilmente pueda reducirse a una sola variable. La planificación interpretada de esta manera es un proceso continuo de reducción de incertidumbre, aun sabiendo que esa incertidumbre nunca desaparecerá por completo.

Una de las mayores dificultades de esta forma de trabajar es que ofrece menos sensación de seguridad que una planificación cerrada. Una planilla con doce semanas perfectamente completadas transmite orden y control, aunque parte de ese control sea aparente. El deportista real seguirá respondiendo de manera desigual, atravesará períodos de mayor o menor fatiga y llegará a las sesiones con estados distintos. Una planificación flexible no introduce esa incertidumbre; simplemente deja de ocultarla y obliga a trabajar con ella de manera explícita.

La periodización adaptativa busca darle una función más realista a la planificación. El programa inicial ya no es una secuencia que debe cumplirse y pasa a ser una hipótesis que será contrastada con el comportamiento del deportista. Cada sesión produce una carga de entrenamiento y, al mismo tiempo, genera nueva información sobre el sistema que se intenta modificar. La calidad de la planificación consiste en reconocer con suficiente rapidez cuándo la respuesta real se aleja de lo esperado y ajustar el proceso sin perder de vista el objetivo.

Setenta años después de que las primeras teorías del estrés comenzaran a influir sobre la organización del entrenamiento, la ciencia dispone de una concepción mucho más compleja de la adaptación. El organismo ya no puede entenderse razonablemente como una máquina que responde de forma proporcional y predecible a una secuencia cuidadosamente ordenada de estímulos. La periodización continúa siendo necesaria, aunque su evolución probablemente dependa menos de diseñar estructuras cada vez más sofisticadas y más de aceptar que cualquier estructura debe permanecer abierta a la información que produce el propio entrenamiento. Planificar, en ese contexto, ya no significa escribir de antemano todo el camino, sino construir una dirección suficientemente sólida como para orientar el proceso y suficientemente flexible como para cambiar cuando la realidad lo exija.

Referencias

Balagué, N., Hristovski, R., Vainoras, A., Vázquez, P., & Aragonés, D. (2020). Psychobiological integration during adaptation to exercise training: A complex systems approach. Sports Medicine – Open, 6, 1–14.

Banister, E. W. (1991). Modeling elite athletic performance. En H. J. Green, J. D. McDougal & H. A. Wenger (Eds.), Physiological Testing of Elite Athletes. Human Kinetics.

Banister, E. W., Calvert, T. W., Savage, M. V., & Bach, T. M. (1975). A systems model of training for athletic performance. Australian Journal of Sports Medicine, 7(3), 57–61.

Busso, T. (2003). Variable dose-response relationship between exercise training and performance. Medicine & Science in Sports & Exercise, 35(7), 1188–1195.

Enoka, R. M., & Duchateau, J. (2016). Translating fatigue to human performance. Medicine & Science in Sports & Exercise, 48(11), 2228–2238.

Foster, C., Florhaug, J. A., Franklin, J., Gottschall, L., Hrovatin, L. A., Parker, S., Doleshal, P., & Dodge, C. (2001). A new approach to monitoring exercise training. Journal of Strength and Conditioning Research, 15(1), 109–115.

Halson, S. L. (2014). Monitoring training load to understand fatigue in athletes. Sports Medicine, 44(Suppl 2), S139–S147.

Kiely, J. (2012). Periodization paradigms in the 21st century: Evidence-led or tradition-driven. International Journal of Sports Physiology and Performance, 7(3), 242–250.

Kiely, J. (2018). Periodization theory: Confronting an inconvenient truth. Sports Medicine, 48(4), 753–764.

Mujika, I., & Padilla, S. (2003). Scientific bases for precompetition tapering strategies. Medicine & Science in Sports & Exercise, 35(7), 1182–1187.

Selye, H. (1950). Stress and the general adaptation syndrome. British Medical Journal, 1(4667), 1383–1392.